Despues de un año de restricciones, de incierto y miedos, hemos vuelto a los inicios, y no al mismo nivel, si no que la situación ha empeorado exponencialmente. Hay una mayor cantidad de casos aún conociendo con más detalle a lo que nos enfrentamos, cosa, que no tiene perdón por la clase política y, en menor medida por el ciudadano medio que intenta cumplir las medidas lo mejor que puede.
Pero, visto lo visto, no aprendemos. Se veía con claridad que debíamos abstenernos de celebrar las fiestas, pero cegados, mucha gente se lanzo a la piscina, por que es muy triste pasar un día solo, sin celebrarlo con la familia, ¿no? Ahora estamos pagando con una explosión de contagios, los hospitales saturados de nuevo, las UCIs desbordadas. Pero era más importante celebrar una fiesta que las miles de personas que estan muriendo y, claro esta, morirán a causa de esa permisividad estatal.

Siendo así lo sucedido, esto se volverá a repetir en ciclo, hasta que o bien, todos estemos vacunados o, directamente, siendo un tanto alarmista y exagerado, nos hayamos extinguido.
Ahora limitan la movilidad más, prohíben que veamos a no convivientes, cierran bares, restaurantes y limitan la apertura de tiendas. Mientras tanto colegios, universidades, oficinas, llenas, plagadas, con una densidad de personas por metro cuadrado mayor que la de Guantánamo.
Y añadiendo la falta de medidas en muchas oficinas, en las que prácticamente nadie lleva mascarillas, o ni si quiera ventilan para no morir de frio. Luego esta el detalle de que los transportes públicos van como su fuesen latas de sardinas, llenos, totalmente compactados.

De todas formas, es claro, la culpa es del ciudadano medio que cumple las normas como buenamente puede. No de el desprecio por la vida y, por las personas que tiene la clase política y, en deferente las clases altas que ponen el dinero.

¿La conclusión?
Que estamos bien jodidos.